Club Madres | Los niños que mienten
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Los niños que mienten

No decir la verdad, omitir información o engañar, son formas diferentes de mentir. Hay que preguntarse cual es el motivo que hace que los niños mientan a sus padres, que no sean sinceros o que no cuenten si han hecho algo malo y por qué falta confianza entre padres e hijos.

¿Por qué mienten los niños?

Los niños pequeños mienten, la mayoría de las veces, para evitar el castigo. Muchos otros lo hacen para evitar el enfado de sus padres porque automáticamente piensan que no serán comprendidos. Los niños también mienten para evitar la vergüenza si descubren lo que han hecho. Pero existen otros muchos motivos para mentir: conseguir alguna cosa, protegerse a sí mismos ó a otra persona de daños o problemas, ganarse la admiración o el interés de otros.

Pero ¿por qué algunos niños tienen mayor propensión a ser mentirosos que otros? Para hallar la respuesta debemos tener en cuenta tanto los motivos como la personalidad del niño, su edad, el entorno en el que se desarrolla y, la situación concreta que esté viviendo en ese momento.

Hay que observar y estudiar la conducta del niño para analizar las causas de sus mentiras: quizá se le exija demasiado, puede que esté en un ambiente poco adecuado, tal vez los padres y demás adultos que le rodean mientan y, el niño simplemente copie esa conducta, o simplemente no le hemos explicado lo que significa mentir y sus consecuencias.

Normalmente lo niños que mienten suelen tener padres, amigos o compañeros que también lo hagan. Acostumbra a suceder que aquellos niños que tienen menor control por parte de sus padres acaban adquiriendo un mayor hábito de mentir.

La mentira según la edad

Los niños son capaces de mentir de forma intencionada a partir de los tres años de edad. Y a medida que van creciendo pueden volverse más mentirosos, tanto en cantidad como en calidad, es decir, dirán muchas más mentiras y éstas serán cada vez más creíbles.

Después de la primera infancia, a partir de los cinco ó seis años, los niños se distancian de las mentiras, la mayoría lo ven como algo peyorativo, pero cuando llegan a la preadolescencia muchos vuelven a mentir para conseguir cosas que por otra vía no obtendrían. Los niños que mienten a partir de esa edad suelen ocultar una falta de seguridad en sí mismos.

La adolescencia es una etapa muy difícil, para padres e hijos, y éstos últimos tienen una gran presión social por parte de amigos, colegas y compañeros, que hacen que la mayoría mientan para conseguir sus objetivos. Es una etapa en la que la comunicación abierta es vital y muy necesaria.

Hay que prestar especial atención pues al hacerse mayores, los niños no solamente son más hábiles para contar mentiras sino que además también tienen mayor precisión para detectar cuando les mienten. Se vuelven pequeños profesionales de la mentira.

Corregir la conducta

Es importante explicar a los hijos que la mentira conlleva a la pérdida de la confianza. Y que es muy difícil convivir con alguien en quien no se confía y que además cuesta mucho volver a ganarse la confianza de los demás. Es una lección muy difícil de explicar, sobretodo si los hijos son pequeños, pero que una vez que la aprendan habrán ganado una virtud importante.

Hay cuentos que ayudan a los más pequeños a entender las consecuencias de ser mentirosos. La historia de Pedro y el lobo es muy didáctica, en ella se narra como un niño, que constantemente mentía diciendo que le había atacado un lobo, no obtuvo ayuda cuando realmente fue atacado al no creerle nadie.

Es importante hablarles del sentimiento de culpabilidad que se sufre cuando se dice una mentira importante. Y hablarles también de la empatía, hacerles sentir lo que siente la otra persona cuando sabe que sido engañada.

Hay que procurar que los hijos no tengan miedo a las reprimendas de los padres para evitar que se sientan forzados a mentir. Si los padres son comprensivos, los niños serán más sinceros a la hora de contar las cosas que han hecho mal. Eso no significa tolerar o aprobar el mal comportamiento sino que debe hablarse, explicar por qué está mal y plantear acciones correctas y, no permitir que vuelva a comportarse mal, aunque para ello sea necesaria la pérdida de privilegios haciéndole saber que ha tenido un comportamiento inadecuado.